Todos los sentidos artificiales que el cíborg Neil Harbisson ha incorporado a su cuerpo


Alexis Ibarra O. publicado en El Mercurio

El inglés Neil Harbisson (36) no para de ampliar los límites de su cuerpo usando la tecnología. Es un cíborg, una persona que incorpora dispositivos tecnológicos a su propia biología. No son agregados, dice, son parte de él.

Como uno de los fundadores de la Cyborg Foundation, su filosofía se basa en que por miles de años hemos sido una especie que ha cambiado el planeta para vivir mejor, pero que ya es hora de pensar en cambiarnos a nosotros.

Así, si se pudiera tener visión nocturna no se necesitaría iluminar las ciudades y si se supiera cómo regular la temperatura corporal, el ser humano no tendría que ocupar energía en calefaccionar los espacios que habita.

Esa filosofía la experimenta, literalmente, en «carne propia».

Harbisson fue uno de los invitados a la conferencia de seguridad informática «8.8» organizada en Chile. Comenzó ayer y dura hasta el sábado, con charlas y conferencias virtuales en torno a la cultura hacker .

Al verlo, de inmediato llama la atención una antena que surge del centro de su cabeza. Le permite sentir vibraciones de distinta índole según los colores que percibe la cámara en la antena. No se la puede sacar, es parte de él.

«Nací con acromatopsia, una condición que me permite ver solo en escala de grises y no los colores. Por eso creo que he reflexionado durante toda mi vida sobre los sentidos», dice a «El Mercurio» desde Dinamarca.

La antena vibra según el color que ve: el rojo lo hace en forma «grave y profunda», el violeta es más «agudo y rápido».

La ha ido perfeccionando con el tiempo desde que la instaló, en 2004: «Comencé con colores, pero en 2008 agregué la posibilidad de percibir infrarrojos y el ultravioleta, cosa que el humano no puede. En 2012 conecté la antena a internet, por lo que puedo sentir colores predominantes en una foto enviada por internet. En 2014, me convertí en el primer sensoastronauta, ya que puedo captar colores de imágenes tomadas desde el espacio por la Estación Espacial Internacional, lo que me permite sentir como si estuviera en el espacio sin necesidad de estar allá», dice.

Y ya piensa en cómo seguirá perfeccionándola: «Quiero que la antena se mueva con mi pensamiento para ver en distintas direcciones, y no como ahora, en que tengo que moverla con la mano. Actualmente, los motores que permiten hacer eso son muy grandes», aclara.

«También quiero que sea una antena construida con mi propio ADN, con una impresora 3D de tejidos. Será orgánica, no de titanio y metal».

El tiempo quema

En 2018, Harbisson incorporó una corona térmica en su cabeza: sentía un pulso de calor que iba girando según transcurrían las horas del día. Era un nuevo sentido que le permitía percibir el paso del tiempo.

«Lamentablemente, presentó una falla técnica y a las 6 de la tarde el calor me quemaba. Me lo quité y técnicos la están perfeccionando», acota.

También incorporó el sentido de la orientación. «Tengo un sensor en mi rodilla que vibra cada vez que estoy de frente al norte, como una brújula».

Su última incorporación es un diente que se ilumina, vibra y que está conectado a internet. Su propia bioluminiscencia, lo llama.

-¿Tuviste que sacarte un diente para ponerte este nuevo implante?

«Afortunadamente, me faltaban y tenía espacio -dice entre risas-. El diente tiene un led que se ilumina y también vibra. Al principio usaba batería, pero ahora emplea la energía cinética producida al masticar. Por Bluetooth se conecta a un móvil y de ahí, a cualquier parte del mundo».

-¿Y cuál es su utilidad?

«Moon Ribas (artista, cofundadora de la Cyborg Foundation) también se implantó uno. Aprendimos código Morse y nos podemos comunicar con vibraciones de nuestros dientes. Hoy yo estoy en Dinamarca y ella en Barcelona y podríamos hablar. Incluso, si estuviéramos en la misma habitación podría decirle algo privado sin que las otras personas se enteraran. Podríamos comunicarnos debajo del agua o en el espacio donde las ondas sonoras no se propagan».

-¿Con qué has experimentado en este tiempo de pandemia?

«Me dio covid hace un mes y perdí el olfato. No huelo nada, ni lo bueno ni lo malo. Que nada huela mal es la parte buena y pensaba si se pudiera crear una nariz electrónica que fuera selectiva y te permitiera sentir solo los olores que tú quisieras. Esto sería distinto a lo que hago, porque yo he diseñado y probado nuevos sentidos y esto sería restringir y limitar uno».

«Al perder el olfato, también pierdes un poco del gusto. Y esto me ha hecho comer más sano, sin tanta sal y azúcar, porque lo que más aprecio son las texturas y los colores. Eso me ha hecho reflexionar sobre el placer de comer, en contraposición a comer solo como una necesidad nutricional. Perder un sentido te hace una persona más consciente de ellos».

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